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Frases de El Precio de la Sal, la historia de Carol

La literatura es una de las herramientas más poderosas de aprendizaje y transformación. Es el caso de la literatura lésbica, que ayudó (y sigue ayudando) a miles de mujeres a aceptar su sexualidad; mujeres que no podían hablar abiertamente de orientación sexual y que se veían reflejadas en las protagonistas de estas historias. Aunque encontramos varios ejemplos de lesbianismo en la literatura, muchos expertos consideran que no se puede hablar de literatura lésbica hasta el siglo XX. Así, en 1901 se publica Idilio sáfico, de Liane de Pougy, que se considera la primera novela lésbica firmada por una mujer. Algunos libros lésbicos que merece la pena destacar son El lustre de la perla, Un lugar para nosotras o El precio de la sal. Estas y otras novelas parecidas son fáciles de encontrar hoy día, pero su momento tuvieron que sortear todo tipo de intentos de censura. Por ejemplo, la citada El precio de la sal fue inicialmente rechazada por los editores y su autora, Patricia Highsmith, se vio obligada a publicarla bajo el seudónimo de Claire Morgan en 1959. La novela narra la historia de amor entre Therese, una joven escenógrafa que trabaja como vendedora, y Carol Aird, una mujer elegante y recién divorciada.

En 1989 el precio de la sal se reimprimió con el título de Carol con el auténtico nombre de la autora. Fue un éxito de ventas, convirtiéndose en un clásico de la literatura lésbica. A continuación, puedes encontrar las mejores frases de El precio de la sal.

Frases de El precio de la sal

¿Hay algo más aburrido que la historia del pasado? Quizá un futuro sin historia.

¿La gente siempre se enamora de cosas que no puede comprar? Siempre.

¿Qué era querer a alguien, ¿qué era exactamente el amor, y cuándo terminaba o no terminaba? Esas eran las verdaderas preguntas y ¿Quién podía responderlas?

Creo que hay una razón determinada para cada amistad igual que hay una razón para que ciertos átomos se unan y otros no, en un caso faltan unos factores que en el otro están presentes.

Era extraño y bastante terrible ahondar en algo que quizá fuera fruto de su imaginación y trasladarlo a una situación real.

Era fácil, después de todo, abrir simplemente la puerta y escapar. Era fácil, pensó, porque en realidad no se estaba escapando, en absoluto.

Hacía calor. La estufa siseaba. La habitación olía a ajo y a la ranciedad típica de la vejez, a medicinas y al peculiar olor metálico de la propia señora Robichek….

Incluso la perla que pendía del lóbulo de su oreja parecía algo vivo, como una gota de agua capaz de desvanecerse con un leve roce.

Intentó mantener un tono firme, pero era fingido, como fingir autocontrol cuando alguien que quieres está muerto ante tus ojos.

La desesperanza que impregnaba completamente el final de su vida.

La felicidad era como una hiedra verde que se extendía por su piel, alargando delicados zarcillos, llevando flores a través de su cuerpo.

La felicidad era un poco como volar, pensó, como ser una cometa. Dependía de cuánta cuerda se le soltara…

La gente a veces intenta encontrar a través del sexo cosas que son más fáciles de encontrar de otras maneras.

Las amistades son el resultado de ciertas necesidades que pueden estar completamente ocultas para las dos personas, a veces incluso para siempre.

Lo que ella sentía por Carol era casi amor, pero Carol era una mujer. No es que fuera una locura, era felicidad.

Otra vez le llegó a Therese el levemente dulce olor de su perfume, un olor que le sugería una seda verde oscuro, que parecía propio de ella, como el aroma de una flor especial.

Pensó en las personas que había visto tomados de la mano en las películas, y ¿por qué no deberían ella y Carol?

Pero ni siquiera aquella pregunta era suficientemente clara. Quizá después de todo fuese una declaración: no quiero morir todavía sin conocerte.

Quiero que el sol caiga sobre mi cabeza como coros musicales. Imagino un sol como Beethoven, un viento como Debussy, y cantos de pájaros como Stravinski. Pero el ritmo es totalmente mío.

Quizás fue la libertad misma lo que la ahogó.

Siento que estoy en un desierto con las manos extendidas y tú estás lloviendo sobre mí.

Su risa era un sonido más hermoso que la música.

Su vida era una serie de zigzags. A los diecinueve años estaba llena de ansiedad.

Y no tuvo que preguntarse si aquello había ido bien, nadie tenía que decírselo, porque no podía haber sido mejor o más perfecto.

Yo sé lo que les gustaría, un vacío que ellos pudieran llenar. Una persona con ideas propias les molesta terriblemente.

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