frases de el gran gatsby

Frases de El Gran Gatsby, la novela de Scott Fitzgerald

El Gran Gatsby fue elegida como la mejor novela norteamericana del siglo XX. La obra tuvo una acogida mediocre cuando se publicó en 1925 y de hecho su autor, Scott Fitzgerald, murió pensando que la novela había sido un fracaso. Por suerte tras la Segunda Guerra Mundial los lectores parecieron redescubrir esta historia y la pusieron en el lugar que se merece. Hoy repasamos las mejores frases de El Gran Gatsby.

El gran Gatsby: frases

El protagonista de la novela es Jay Gatsby, misterioso millonario conocido por las lujosas fiestas que organiza en su fabulosa casa de Long Island. La obra retrata como nadie la prospera vida en los Estados Unidos de los años 20.

¡Había tanto que leer, por una parte, y tanta salud que aspirar del aire renovado, dador de vida!

¿No esperáis siempre a que llegue el día más largo y luego se os pasa sin daros cuenta?

A menudo llegaban y se marchaban sin siquiera haber visto a Gatsby; venían en pos de una fiesta con una simplicidad de corazón que era su propia boleta de entrada.

Aceptaron la hospitalidad de Gatsby y le rindieron el sutil tributo de no saber absolutamente nada acerca de él.

Al azar ensayamos abrir una puerta que parecía importante y nos encontramos en una biblioteca gótica, de techo alto, forrada en roble inglés tallado, y probablemente transportada en su totalidad desde alguna ruina de ultramar.

Al fin y al cabo Daisy le pasó por encima. Traté de que se detuviera, pero no pudo, y entonces halé del freno de emergencia. En ese momento se desplomó sobre mis piernas y yo seguí manejando.

Así que cuando el humo azul de las hojas quebradizas subió en el aire y el viento sopló y la ropa recién lavada se puso rígida en los alambres, decidí regresar a casa.

Aunque ella se hubiera marchado, seguía impregnada de melancólica belleza.

Brotaba de ella algo cálido y conmovedor, como si estuviera tratando de entregar su corazón ocultándolo en una de aquellas emocionadas e intensas palabras.

Cada persona se supone dueña de al menos una de las virtudes cardinales, y esta es la mía: soy uno de los pocos hombres honrados que haya conocido.

coleccioné joyas, sobre todo rubíes, me dediqué a la caza mayor, pinté un poco, aunque solo para distraerme, y traté de olvidar algo muy triste que me había sucedido mucho antes.

Comparado con la gran distancia que lo había separado de Daisy, le había parecido muy cercana a ella, casi como si la tocara. Le parecía tan cercana como una estrella lo está de la luna. Ahora había vuelto a ser tan sólo una luz verde en un muelle. Su cuenta de objetos encantados se había disminuido en uno.

Con una especie de emoción vehemente comenzó a sonar en mis oídos una frase: “Existen tan sólo los perseguidos y los perseguidores, los ocupados y los ociosos”.

Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

Cuando sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.

Cumplía treinta. Ante mí se extendía la prodigiosa y amenazadora senda de una nueva década.

Daisy y Gatsby bailaron. Recuerdo mi sorpresa por su fox-trot conservador y gracioso; jamás lo había visto bailar. Luego, se fueron caminando hacia mi casa y se sentaron en las gradas por media hora, mientras, a petición de ella, yo me quedé vigilando en el jardín

De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado.

de la sombra de la mansión de mi vecino había surgido una figura que, con las manos en los bolsillos, contemplaba la plateada multiplicidad de las estrellas.

De manera que las estrellas no eran el único objeto de sus anhelos en aquella noche de julio.

De nuevo subió hasta mis labios una disculpa.

Disminuyó la velocidad, pero sin intención de detenerse, hasta que, al acercarnos, los rostros demudados y atentos de la gente que estaba en el taller lo llevaron a frenar automáticamente.

Durante un instante una frase trató de formarse en mi boca y mis labios se separaron como los de un mudo, como si hubiera más batallas en ellos que el mero jirón de aire asombrado. Pero no emitieron sonido alguno, y aquello que estuve a punto de recordar quedó incomunicado por siempre jamás.

Durante un tiempo estos sueños fueron un escape para su imaginación; le daban una idea satisfactoria de la irrealidad de la realidad, una promesa de que el peñón del mundo estaba asentado de manera firme en el ala de un hada.

El “auto de la muerte”, como los periodistas lo llamaron, no se detuvo; salió de la atenazadora penumbra, hizo un breve y trágico zigzag y desapareció en la siguiente curva.

El cielo de la tarde floreció durante un momento en la ventana como la miel azul del Mediterráneo;

El jubiloso tintineo de su voz bajo la lluvia resultó ser un tónico muy vigoroso.

El magnífico coche de Gatsby subió a trompicones la avenida llena de piedras que llevaba hasta mi puerta

El manto del uniforme que le hacía invisible podía caérsele de los hombros en cualquier momento.

El prado y el camino estaban atestados de rostros de aquellos que imaginaban su corrupción; y él había estado de pie en aquellas escalinatas escondiendo su sueño incorruptible, cuando le decíamos adiós con la mano.

Ella vaciló. Sus ojos cayeron sobre Jordan y sobre con una especie de apelación, como dándose cuenta al fin de lo que hacía, y como si nunca, durante todo este tiempo, hubiera tenido intenciones de hacer nada. Pero ya estaba hecho. Era demasiado tarde.

En el encantador crepúsculo metropolitano sentía a veces que me atenazaba la soledad, y la sentía en los demás: en los empleaduchos que deambulaban frente a las vitrinas, esperando que fuera hora de una solitaria cena en algún restaurante, jóvenes empleados desperdiciando en la penumbra los momentos más intensos de la noche y de la vida.

En lugar de ser el cálido centro del mundo, el Medio Oeste me pareció entonces una especie de deshilachado borde del universo,

En realidad, a la vida se la contempla con mucho mejores resultados desde una sola ventana.

En su rostro aparecía una emoción tras otra como objetos que surgieran lentamente en una fotografía al revelarla.

En sus jardines azules —y entre susurros, champán y estrellas— invitados de ambos sexos iban y venían como mariposas.

Enfadado, medio enamorado de ella y tremendamente pesaroso, me fui de allí.

Entonces me volví hacia Gatsby, y me quedé pasmado con su expresión. Parecía, y esto lo digo con el desprecio olímpico por los chismes inusitados en su jardín, como si hubiese “asesinado a un hombre”. Por un instante la configuración de su rostro podría ser descrita de esta fantástica manera.

Entonces todo era cierto. Vi las pieles de flamantes tigres en su palacio del Gran Canal; lo vi abriendo un estuche de rubíes para calmar, con sus profundidades iluminadas de carmesí, los anhelos de su roto corazón.

Era demasiado sensata para trasladar de una época a otros sueños olvidados.

Era hora de regresar. Mientras estuvo lloviendo me pareció como si sus voces susurraran, elevándose y ampliándose una y otra vez con alientos de emoción. Pero en el actual silencio pensé que uno igual había caído sobre la casa también.

Era un don extraordinario para la esperanza, una disponibilidad romántica como nunca he hallado en otra persona y no es probable que vuelva a encontrar.

Era una de esas raras sonrisas con inagotable capacidad para tranquilizar que solo se encuentran cuatro o cinco veces en toda una vida.

Es preciso convertir la propia casa en una pocilga para tener amigos…, en el mundo moderno.

Es una ventaja no beber entre personas que beben mucho.

Esbeltas, lánguidas, las manos suavemente posadas sobre las caderas, las dos jóvenes señoras nos precedieron en la salida a la terraza de colores vivos, abierta al ocaso, en donde cuatro velas titilaban sobre la mesa en el viento ya apaciguado.

Esbozó una sonrisa comprensiva; mucho más que sólo comprensiva. Era una de aquellas sonrisas excepcionales, que tenía la cualidad de dejarte tranquilo. Sonrisas como esa se las topa uno sólo cuatro o cinco veces en toda la vida, y comprenden, o parecen hacerlo, todo el mundo exterior en un instante, para después concentrarse en ti, con un prejuicio irresistible a tu favor. Te mostraba que te entendía hasta el punto en que quedas ser comprendido, creía en ti como a ti te gustaría creer en ti mismo y te aseguraba que se llevaba de ti la impresión precisa que tú, en tu mejor momento, querrías comunicar.

Estaba dentro y fuera, simultáneamente atraído y repelido por la inagotable diversidad de la vida.

Fantasmas desdichados, que respiraban sueños en lugar de aire, iban sin rumbo de aquí para allá…

Gatsby compró esa casa sólo para tener a Daisy al otro lado de la bahía.

Gatsby creía en la luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocedo ante nosotros. En ese entonces nos fue esquivo, pero no importa; mañana correremos más aprisa extenderemos los brazos más lejos… hasta que, una buena mañana…

Había algo espléndido en él, cierta exaltada sensibilidad ante las promesas de la vida, como si estuviera conectado a uno de esos complicados mecanismos que registran terremotos producidos a quince mil kilómetros de distancia.

Había un movimiento leve del agua, escasamente perceptible, al moverse la corriente de un extremo al otro, por donde salía. Con pequeños rizos, que no eran más que la sombra de olas, la colchoneta con su carga, se movía de manera irregular por la piscina. Una pequeña corriente de viento que corrugaba un poco la superficie era suficiente para perturbar su curso accidentado con su accidentada carga. El choque contra un montón de hojas la hizo girar levemente, trazando, como la estela de un objeto en tránsito, un pequeño círculo rojo en el agua.

Habló largo sobre el pasado y colegí que deseaba recuperar algo, alguna imagen de sí mismo quizás, que se había ido en amar a Daisy. Había llevado una vida desordenada y confusa desde aquella época, pero si alguna vez pudiera regresar a un punto de partida y volver a vivirla con lentitud, podría encontrar qué era la cosa…

Hace mucho tiempo que no nos veíamos dijo Daisy, su voz lo más natural posible, como si nada pasara.

Hemos de aprender a mostrar nuestra amistad hacia un hombre cuando está vivo y no cuando ha muerto.

Jamás habían estado tan cerca durante el mes que llevaban amándose, ni se habían comunicado con mayor profundidad el uno con el otro que cuando ella rozó sus silentes labios contra la hombrera de su abrigo o cuando él toco la punta de sus dedos con suavidad, como si estuviera dormida.

Jamás lo amó, ¿me oye? -exclamó-. Sólo se casó con usted porque yo era pobre y estaba cansada de esperarme. Fue un error terrible, pero en el fondo de su corazón ¡jamás amó a nadie más que a mí!

La alegría me ha dejado sin fu-fuerzas.

La brisa soplaba a través del cuarto, haciendo elevarse hacia adentro la cortina de un lado y hacia afuera la del otro, como pálidas banderas, enroscándolas y lanzándolas hacia la escarchada cubierta de bizcocho de novia que era el techo, para después hacer rizos sobre el tapiz vino tinto, formando una sombra sobre él, como el viento al soplar sobre el mar.

La ciudad desde el puente Queensboro es siempre la ciudad vista por vez primera, intacta todavía, su primera promesa desmesurada de todo el misterio y de toda la belleza del mundo.

La gente desaparecía, reaparecía, planeaba ir a algún sitio, y luego se perdía, se buscaba y volvía a encontrarse a un metro de distancia.

La lluvia cedió, un poco después de las tres y media, dejando una neblina húmeda, a través de la cual nadaban ocasionales gotitas como de rocío.

La lluvia seguía cayendo, pero la oscuridad se había alejado en el oeste, y había una oleada color rosa y oro de nubes espumosas sobre el mar.

La luna estaba más alta y, flotando en el estuario, había un triángulo de escamas de plata, que temblaban levemente al son del tenso punteo metálico de los banjos del jardín.

La luz verde estaba muy cerca de su amada, tocándola casi. Le parecía tan próxima como una estrella lo está de la luna.

La miraba mientras Daisy me hablaba, y lo hacía de esa manera con que todas las chicas quieren que se las mire en un determinado momento,

La silueta de un gato en movimiento se recortó contra los rayos de la luna, y al volver mi cabeza para mirarlo, me di cuenta de que no me encontraba solo: a unas cincuenta yardas, la figura de un hombre con las manos en los bolsillos, observando de pie la pimienta dorada de las estrellas, había emergido de las sombras de la mansión de mi vecino. Algo en sus pausados movimientos y en la posición segura de sus pies sobre el césped me indicó que era Gatsby en persona, que había salido para decidir cuál parte de nuestro firmamento local le pertenecía.

Las luces aumentan su brillo a medida que la tierra se aleja del sol, y ahora la orquesta está tocando la estridente música de coctel, y la ópera de voces se eleva un tono más alto.

Las tranquilas luces de las casas tarareaban en la oscuridad, y había un estremecimiento, una agitación entre las estrellas.

Lee libros muy serios con palabras de muchas sílabas.

Lentamente, las blancas alas de la embarcación se deslizaban sobre el fresco límite azul del cielo.

Los ojos del doctor T. J. Eckleburg son azules y gigantescos, con pupilas de un metro de altura.

Los últimos rayos del atardecer cayeron con romántica intensidad sobre su rostro resplandeciente;

Luego la besó. Al contacto con sus labios, Daisy se abrió para él como una flor y culminó su encarnación.

Me entristece no haber visto nunca… unas camisas tan hermosas.

Me gustaría tener una de esas nubes de color rosa para colocarte encima y llevarte de aquí para allá.

Me recuerdas…, me recuerdas a una rosa; una rosa sin duda alguna.

Movido por un impulso irresistible, Gatsby se volvió hacia Tom, que había aceptado ser presentado como un desconocido.

Muy bien —dije—, me alegro de que sea niña. Y espero que sea estúpida…; es lo mejor que una chica puede ser en este mundo, bonita y estúpida.

Ninguna cantidad de fuego o frescura puede ser mayor que aquello que un hombre es capaz de atesorar en su insondable corazón.

No dejaba nunca de entristecerme mirar a través de ojos nuevos las cosas en las cuales uno ha gastado la capacidad de adaptación.

No es que llegara a enamorarme, pero sentía algo así como una tierna curiosidad.

No existe fuego ni lozanía capaz de competir con lo que un hombre atesora en el fantasmagórico mundo de su corazón.

No hay conclusión igual a la conclusión de una mente simple, y cuando nos alejamos, Tom estaba sintiendo los ardientes latigazos del pánico. Su esposa y su amante, que una hora antes parecían tan seguras e inviolables, se escurrían a pasos agigantados de su control.

No me he emborrachado más que dos veces en la vida, y la segunda fue aquella tarde. Por eso cuanto sucedió está envuelto en una penumbra nebulosa, aun cuando el apartamento estuvo lleno del sol más alegre hasta después de las ocho de la noche.

Nuestros ojos se elevaron por sobre el rosal y el prado caliente y las basuras llenas de malezas de los días de sol canicular de la playa. Lentas, las blancas alas del bote se movían contra el frío limite azul del firmamento. Más allá se extendía el ondulado océano con su miríada de plácidas islas.

Pero su corazón se mantenía en constante turbulencia. Los caprichos más grotescos y fantásticos lo perseguían en su lecho por la noche.

Por un momento el último rayo de sol cayó con romántico afecto sobre su rostro radiante; su voz me obligó a inclinarme hacia adelante, sin aliento mientras la oía… entonces se fue el brillo, y cada uno de los rayos abandonó su rostro con reticente pesar, como dejan los niños una calle animada al llegar la oscuridad

Se habían olvidado de mí, pero Daisy alzó los ojos y me estiró la mano; Gatsby ni me conocía. Los miré una vez más y ellos me devolvieron la mirada, remotamente, poseídos por una vida intensa. Entonces salí del cuarto, y bajé por las escalinatas de mármol para adentrarme en la lluvia, dejándolos a los dos solos en él.

Se marcharon sin una palabra; expulsados; convertidos en algo pasajero; aislados, cual fantasmas, incluso de nuestra piedad.

Se nos escapa en el momento presente, pero ¡qué importa!; mañana correremos más deprisa, nuestros brazos extendidos llegarán más lejos… Y una hermosa mañana…

Sentados en los dos extremos del sofá, se miraban como si acabaran de hacerse una pregunta o estuviesen a punto de formulársela,

Si bien no estaban contentos, y ninguno de los dos había tocado la cerveza o el pollo, tampoco parecían infelices. En el cuadro se percibía la inconfundible atmósfera de una intimidad natural y cualquiera hubiera dicho que conspiraban.

Si fuésemos jóvenes nos levantaríamos y bailaríamos.

Si quieres besarme en algún momento de la noche, Nick, no tienes más que decírmelo y te atenderé con mucho gusto.

Siempre que sientas deseos de criticar a alguien —me dijo—, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti.

Solo existen los perseguidos y los perseguidores, los ocupados y los fatigados.

Solo me he emborrachado en dos ocasiones en mi vida, y la segunda vez fue aquella tarde;

Son gente podrida -le grité a través del prado-. Tú vales más que todo ese maldito grupo junto.

Su comentario se dirigió a la luna precoz que, como la cena, también había salido, sin duda alguna, de la cesta de un restaurador.

Su concentración tenía un no sé qué patético, como si su complacencia, más aguda que antaño, no le bastara ya.

Su corazón comenzó a latir con más y más fuerza a medida que Daisy acercaba el rostro al suyo. Sabía que cuando besara a esta chica y esposara por siempre sus inexpresables visiones con el perecedero aliento de ella, su mente dejaría de vagar inquieta como la mente de Dios.

Su sueño tuvo que parecerle tan cercano que difícilmente podía dejar de alcanzarlo.

Suspender el juicio conlleva una esperanza infinita.

Todas las noches ampliaba el tejido de sus fantasías hasta que el sueño, con su abrazo de olvido, ponía fin a alguna escena llena de color.

Todos estamos irritados pues se nos había pasado el efecto de la cerveza, y conscientes de ello, viajamos en silencio un rato. Luego, cuando los ojos desteñidos del doctor T. J. Eekleburg empezaron a divisarse a lo lejos, recordé la advertencia de Gatsby sobre la gasolina.

Un nuevo mundo, material más no real, donde unos pobres fantasmas, respirando sueños en vez de aire, vagaban fortuitamente por todos lados… como la figura cenicienta y fantástica que se deslizaba hacia él por entre los amorfos árboles.

Un vacío repentino parecía emanar de los ventanales y portones, envolviendo en completa soledad la figura del anfitrión, ahora de pie en el pórtico con la mano alzada en gesto formal de despedida.

Una noche clara y llena de ruidos, con batir de alas entre los árboles y un persistente sonido de órgano, como si los grandes fuelles de la tierra estuvieran llenando de vida a las ranas.

Uno puede cuidarse de lo que dice, y, además, programar cualquier pequeña irregularidad propia en momentos en que los otros están tan ciegos que no ven o no les importa. Es posible que Daisy nunca le hubiera sido infiel a Tom, y, sin embargo, hay algo en esa voz suya…

Vale usted más que todos ellos juntos.

Y a mí me gustan las fiestas multitudinarias. Son muy íntimas. En las que se dan para poca gente no hay manera de estar a solas.

Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados sin descanso hacia el pasado.

Y así seguimos avanzando hacia la muerte a través del frescor del crepúsculo.

Y entonces, gracias al sol y a los increíbles brotes de hojas que nacían en los árboles, a la manera como crecen las cosas en las películas de cámara rápida, sentí la familiar convicción de que la vida estaba empezando de nuevo con el verano.

Yo estaba adentro y afuera, al mismo tiempo encantado y molesto con la interminable variedad de la vida.

Yo quería traerle a alguien. Quería ir al cuarto donde yacía y tranquilizarlo: “Yo te conseguiré a alguien, Gatsby. No te preocupes. Ten confianza en mí y verás qué yo te traeré a alguien…”

Frases de la película el gran Gatsby

Leonardo Dicaprio protagonizó la última adaptación cinematográfica de El Gran Gatsby. Esta es la mejor escena de la película:

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