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El Guardián entre el Centeno en 50 Frases de Holden Caulfield

El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger ocupa un lugar destacado en la lista de libros que hay que leerse una vez en la vida. Las desventuras de Holden Caulfield reflejan muy bien el paso de la adolescencia al mundo de los adultos, aunque causó polémica por usar un lenguaje “inadecuado” para su época (1951). Siendo uno de los mejores libros de la Historia no podíamos dejar pasar la ocasión de recopilar las mejores frases de El guardián entre el centeno. Disfrútalas.

Frases de El guardián entre el centeno

La novela narra las peripecias de Holden Caulfield, un joven neoyorquino de 16 años al que acaban de expulsar de su escuela. Tras la expulsión decide volver a Nueva York, pero sin avisar a sus padres, por lo que vagará varios días sin rumbo por la Gran Manzana preguntándose qué hacer con su vida.

Seguro que todos los que han sido jóvenes se identifican con alguno de los pensamientos o frases de Holden Caulfield que aparecen a lo largo del libro.

¿Has pensado alguna vez que a menos que hicieras algo enseguida el mundo se te venía encima?

“Encantadores”. Esa es una palabra que no aguanto. Suena tan falsa que me dan ganas de vomitar cada vez que la oigo.

Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no. En el caso de Sally me llevó años enteros darme cuenta de que lo era. Creo que lo hubiera sabido mucho antes si no hubiéramos pasado tanto tiempo besándonos y metiéndonos mano.

Aquel hotel estaba lleno de maníacos sexuales. Yo era probablemente la persona más normal de todo el edificio, lo que les dará una idea aproximada de la jaula de grillos que era aquello.

Creo que ése es el problema que tengo. Por dentro debo ser el peor pervertido que han visto en su vida. A veces pienso en un montón de cosas raras que no me importaría nada hacer si tuviera la oportunidad.

Creo que odiaba el ejército más que la guerra.

Creo que un día de estos averiguarás qué es lo que quieres. Y entonces tendrás que aplicarte a ello inmediatamente.

Cuando me da por hacer el indio, llamo «encanto» a todo el mundo. Lo hago por no aburrirme.

Cuanto más caro el colegio más te roban, palabra.

De partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca el lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida, lo reconozco. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada.

El cuerpo de la mujer es como un violín y que hay que ser muy buen músico para arrancarle las mejores notas.

Ese es el gran problema. Nunca puedes encontrar un lugar que sea agradable y tranquilo, porque no existe. A veces puedes pensar que sí existe, pero una vez que estas allí alguien se acerca sigilosamente y escribe -jódete- en tus propias narices.

Eso del sexo es algo que no acabo de entender del todo. Nunca se sabe exactamente por dónde va uno a tirar. Por ejemplo, yo me paso el día imponiéndome límites que luego cruzo todo el tiempo.

Eso es lo malo de estar deprimido. Que uno no puede ni pensar.

Eso sí que me pone negro. Que alguien te diga una cosa dos veces cuando tú ya la has admitido a la primera.

Hay cosas que no deberían cambiar, cosas que uno debería poder meter en una de esas vitrinas de cristal y dejarlas allí tranquilas. Sé que es imposible, pero es una pena. En fin, eso es lo que pensaba mientras andaba.

He conocido a más pervertidos, en colegios y todo eso, que nadie haya conocido nunca, y siempre les da por ser pervertidos cuando yo estoy allí.

La gente se empeña en hablar cuando el otro no tiene la menor gana.

La mayoría de la gente se vuelve loca por los coches. Se preocupan si les hacen un arañazo y siempre están hablando de cuántos kilómetros hacen por litro de gasolina, y no han acabado de comprarse uno y ya están pensando en cambiarlo por otro más nuevo. A mí ni siquiera me gustan los viejos. Quiero decir que no me interesan nada. Preferiría tener un maldito caballo. Por lo menos los caballos son humanos, por el amor de Dios

La mayoría de las chicas, o dejan la mano completamente muerta, o se creen que tienen que moverla todo el rato porque si no vas a aburrirte como una ostra.

La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego.

Las madres están todas un poco locas.

Las mujeres. ¡Dios mío! Le vuelven a uno loco. De verdad.

Le ponía negro que le llamara “tarado”. No sé por qué, pero a todos los tarados les revienta que se lo digan.

Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella.

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Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz.

Lo que más me gusta de un libro es que te haga reír un poco de vez en cuando.

Lo que sí afirmo, es que, si esos hombres cultos tienen además genio creador, lo que desgraciadamente se da en muy pocos casos, dejan una huella más profunda que los que poseen simplemente un talento innato.

Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras.

Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven.

Me alegro de que inventaran la bomba atómica: así si necesitan voluntarios para ponerse debajo cuando la lancen, puedo presentarme el primero.

Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que, si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas.

No crean que criticó a los católicos. Estoy casi seguro de que si yo lo fuera haría exactamente lo mismo.

No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.

No hay sala de fiestas en el mundo entero que se pueda soportar mucho tiempo a no ser que pueda uno emborracharse o que vaya con una mujer que le vuelva loco de verdad.

No importa que la sensación sea triste o hasta desagradable, pero cuando me voy de un sitio me gusta darme cuenta de que me marcho. Si no luego me da más pena todavía.

No sé por qué hay que dejar de querer a una persona sólo porque se ha muerto. Sobre todo si era cien veces mejor que los que siguen viviendo.

Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia y le hace sentirse a uno aún más triste y deprimido.

Odio al cine con verdadera pasión, pero me encanta imitar a los artistas.

Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir…

Para conocer a una chica no hace falta acostarse con ella.

Por dentro debo ser el peor pervertido que han visto en su vida. A veces pienso en un montón de cosas raras que no me importaría nada hacer si se me presentara la oportunidad.

Si haces algo bien, o te andas con cuidado o pronto querrás empezar a lucirte y entonces ya no eres tan bueno.

Si quieren que les diga la verdad, el tío que mejor me cae de todo el Evangelio, además de Jesucristo, es ese lunático que vivía entre las tumbas y se hacía heridas con las piedras. Me cae mil veces mejor que los discípulos.

Si yo fuera pianista, tocaría dentro de un maldito armario.

Tenía ganas de rezar o algo así, pero no pude hacerlo. Nunca puedo rezar cuando quiero. En primer lugar, porque soy un poco ateo. Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo.

Tienes que estudiar justo lo suficiente para poder comprarte un Cadillac algún día, tienes que fingir que te importa si gana o pierde el equipo del colegio, y tienes que hablar todo el día de chicas, alcohol y sexo.

Todos esos chistes del Saturday Evening Post en que aparecen unos tíos esperando en las esquinas furiosos porque no llega su novia, son tonterías. Si la chica es guapa, ¿a quién le importa que llegue tarde? Cuando aparece se le olvida a uno en seguida.

Una de las cosas malas que tengo es que nunca me ha importado perder nada.

Yo nunca le gritaría a alguien «buena suerte» Si lo piensas bien suena horrible.

Oh, bueno, si te han gustado estas frases te invitamos a que leas la novela (si es que no lo has hecho ya). Seguro que no te arrepientes ;).